Aunque a veces nos cuesta admitirlo, el tenis de mesa le debe mucho a las familias; me atrevería a decir que todo: ¿alguien es capaz de imaginarse nuestros torneos con jóvenes participantes sin la existencia de una familia detrás de estos?

El poder del núcleo familiar en nuestro deporte es el gran desconocido al que vemos, paradójicamente, todos los días en nuestra rutina deportiva.

En numerosas ocasiones pecamos de atrevidos diciendo que hay familias pasivas que interfieren negativamente en el desarrollo deportivo de nuestros jugadores, asegurando que si dieran un poco más de ellos, conseguiríamos un palista excelente. La ilusión de quien entrena a veces también nubla la vista.

¿Estamos siendo objetivos? ¿Son tan pasivas como a veces reprochamos? Con los tiempos que corren, las necesidades económicas y las jornadas laborales actuales, es fácil replantearse la respuesta y afirmar que, simplemente tener un padre o una madre (entiéndase también abuelos, tíos, etc.) que invierte y “gasta” su tiempo en llevar a su hijo al centro de entrenamiento es casi un acto heroico y suficiente para reconocer su interés y tu actitud activa frente al jugador y nuestro deporte. Desde aquí, un GRACIAS directo a ellos, por traer a su hijo/a, por hacerlo cada día: cuando llueve, cuando están cansados, aún incluso cuando algún tema del club no les ha llegado a convencer del todo…

Otra pregunta: ¿Cuántos de nuestros niños no hubieran asistido a un torneo del extrarradio u otra ciudad si un familiar amigo no se hubiera ofrecido a llevarles? Muchas veces se nos olvida agradecer lo suficiente este tipo de acciones voluntarias y generosas (que abundan muchísimo en nuestro deporte, por cierto).

Las familias son agentes participativos del proceso de entrenamiento y perfeccionamiento de los jugadores. Participan como agentes morales (y modales) como modelo de:

  • compañerismo, prestándose cuando se les necesita, siempre atentos a las necesidades del club y a los compañeros de fatiga.
  • generosidad, ofreciendo aquello que tienen: su coche, su tiempo, sus vacaciones, su dinero, y en ocasiones, hasta su casa.
  • empatía, poniéndose en el lugar de aquellos que están necesitados de algo y hacen lo que sea para cubrir la necesidad (unos ánimos post-partido, hacer de recogepelotas para aquellos con movilidad reducida, un coche para poder ir a entrenar a primera hora antes de la competición desde el hotel al pabellón…)
  • trabajo en equipo. Porque trabajan codo a codo con el club, en la logística de cada fin de semana, dando sus frutos, con un objetivo común.

Qué casualidad que estos valores sean imprescindibles durante la competición. Y por supuesto, participan como agentes técnicos de forma indirecta, acercando a los jugadores al conocimiento técnico y táctico del tenis de mesa, llevándoles allí donde puedan aprender todo lo necesario: el club, campamentos de tecnificación, poniéndoles partidos en el ordenador o en la tele… De una manera u otra, intervienen en el proceso, facilitando su desarrollo.

Sería bueno que intentáramos positivizar el discurso. Poner la mirada en los beneficios, las aportaciones positivas… Algunas veces nos obcecamos en lo negativo y esto nos impide crecer, sacando partido de las cosas buenas que nos rodean.

Quizás la clave sea el diálogo y la formación, sobre todo la informal, desde el tú a tú. El poquito a poco. El “hoy damos una charla de 20 minutos sobre las claves para ayudar a tu hijo a ser mejor jugador”. Enseñar a las familias cómo pueden colaborar, sacar lo mejor de ellas y convertirlas en el plus de nuestros clubes.

Reservar un espacio y establecer canales suficientes para la comunicación y la generación de sinergias; el intercambio de ideas, entre el club, los jugadores y las familias es vital para fomentar la participación y también para progresar. No se nos puede olvidar nunca escuchar, desde la humildad y la comprensión, a aquellas personas que nos dan la oportunidad de desarrollar nuestro proyecto deportivo y a nuestros deportistas.

Las familias siempre suman en positivo.

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